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“Las palabras que se callan también germinan” (Annia@ciruelle)

 

He leído hoy este mensaje en los primeros tweets de la mañana y he pensado que es bonito unir el verbo germinar con las palabras. 

Hacerlo es poder reconocer la fuerza de la naturaleza en el lenguaje; es poder imaginar que una buena conversación está salpicada de brotes capaces de mover el presente o la realidad, el futuro o el mundo.  
Me gusta la idea de que las palabras no son fuertes por sí mismas ni motivadoras a palo seco, como tanto mensaje sobado nos quiere hacer creer, sino que germinan antes de dar fruto y, por tanto, necesitan un terreno donde posarse. 
Ahí, cada persona tiene su terruño fertilizado con todo lo que posee en su intimidad: sus deseos, su fe, su fuerza, sus temores… 
Las mismas palabras, en cada uno, dan un fruto diferente. Tanto el que las dice como el que las escucha las hacen un germen de algo propio y singular en él, y así florecen de tantas formas y colores como personas hay en el mundo.
¿Y las palabras que no se dicen, que se callan? Hay quien piensa que también germinan regalando algo muy especial: 

El fruto del silencio.

Adoración Romero - 19 de Mayo de 2016.