Los cuentos de Dorita

 

 

Entre la diferencia y el cambio está el secreto  

 

Trabajaba en una oficina cualquiera. De esas que están en un edificio alto, en un piso alto, en un lugar business.

Una oficina con las paredes de quita y pon de la noche a la mañana; con sus viernes de mudanza... Estos movimientos de tabiques le evocaban los juegos de trileros en la feria de su pueblo y soñaba ver una mesa de tijera, un guisante y tres cubiletes:

-…ahora está el jefe…, ahora no está…, ahora te sientas cerca de la ventana…, ahora tienes vistas a la fotocopiadora…, trile que trile… ¿dónde estará su mesa el lunes?…

No comentaba nada pero no estaba tranquilo. Ganar todo o perder todo en la apuesta y ver como el guisante vuela entre los dedos del trilero y se pierde de vista no es tranquilizador.

 - El día menos esperado, lo que no tengo es mesa – pensaba cada lunes de movida.

No era feliz. Ni tampoco muy desgraciado. Cada día subía en el ascensor prometiéndose una semana distinta que, de momento, no pudo llegar a ser. 

Su trabajo era, como el de tantos, de hacer mucho, sin errores y a tiempo; de tener listo y dar ahora mismo; y también de no saber dónde lo llevan, quiénes lo miran ni para qué sirve. Un trabajo de esos que deja gris a quien lo tiene y que es la envidia de quien está en el paro. Paradojas tengas…

 Y llegó una mañana de lunes, como muchas, en las que tuvo miedo por su mesa. Y ahí estaba, al lado de la planta verde artificial de siempre, (la que está llena de polvo).

 Sin decir nada, preso de un sin pensar y una revolera, colocó todas sus cosas en distinto sitio de la mesa: el ordenador a la izquierda, la bandeja a la derecha, la papelera, el bote de lápices, las fotos de los niños … como si las hubiera colocado la batidora en un arranque de compañerismo.

Se sentó después a trabajar. Tuvo que moverse distinto para alcanzar sus carpetas y al hacerlo encontró la mirada amable de su compañero. ¿Cuánto hacía que no se miraban? 

El cambio del ordenador le dejó libre visión a la puerta de la máquina del café, y encontró un gesto de invitación. Y detrás una persona, y otra, y otra… Una pradera llena de personas entre macetones de plantas de tela.

Sonrió y agradeció cada mirada y cada gesto. 

Y mirando ahora su mesa y sus cosas se dio cuenta de que pequeñas diferencias pueden ser el principio de grandes cambios. 

Y quedó lleno del poder inmenso de sentirse parte.

 

Adoración Romero Nadal – 5 de Mayo de 2014

 

 

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