El secreto está en las piernas

 

Andaba con muchas cosas, pensando en ideas y al mismo tiempo eligiendo cuál de todas  serviría para algo. Estaba con mala paciencia, haciendo silbar la guadaña por encima de todas ellas.

Se vio a si mismo con sombrero de paja, con un sol de justicia y segando a ras de tierra todas sus ilusiones.

¿Cómo podía ser que hoy todo lo que se le ocurría tuviera que someterlo a un escáner de máxima resolución y hace dos días cualquier idea peregrina “pasaba el corte”?

¿Cómo podía ser que hoy el futuro estuviera enterrado bajo siete llaves y ayer brillase glorioso al final de una alfombra roja?

Podía ser y estaba cansadísimo de andar sin avanzar y aburrido de “ahora sí, ahora no”.

 

Observó el camino recorrido y vio que uno de sus pies flotaba feliz y no dejaba huella ninguna; y el otro se hartaba de pie en la tierra y marcaba una huella hasta la rodilla.  Tanta diferencia de peso en sus pasos le estaba dejando sin fuerza; cada vez le costaba más caminar. 

Algo tenía que hacer, y se puso manos a la obra. 

 

Dejó la fábrica de ideas a un lado y pensó solo en sus piernas fijándose primero en la más ligera, la que flotaba feliz. Y vio en ella que todas las ideas eran sueños. No existía la urgencia, ni la puesta en marcha, ni el plazo. Ni una nube negra, ni un problema. Ciertamente encontró muchas ideas y proyectos y todos flotando sin fecha de caducidad. ¡Con razón esta pierna volaba!

 

Después miró lo que tenía su otra pierna y también la vio llena…de cachivaches: un paraguas por si llueve, repuesto de zapatos, varios abrigos, una linterna, crema de protección, cosas para esto, para lo otro, para lo de más allá. Y también una pobre idea sofocada entre tanta precaución. ¡Con razón esta pierna arrastraba!

 

Con cuidado escogió parte de los sueños y los movió desde la pierna suelta a la otra. Y quedaron las dos llenas de ilusión para caminar. Ligeras.

 

Con los cachivaches hizo una selección muy rigurosa y los distribuyó de esta manera:  los que necesitaban la fuerza de la razón los depositó en la cabeza;  los que necesitaban el impulso de la emoción los depositó en el corazón;  y los que necesitaban la fuerza del valor, los guardó en el vientre, celosamente.

 

Se vio a sí mismo como una maquinaria perfecta y ordenada.

Sus piernas listas y ágiles para perseguir sus sueños.

 

 

 Y dice la leyenda que este caminante “volvió a hacer camino al andar”.

 

Adoración Romero - Abril 2015

 

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