El arpa de Paulino


Ya de vuelta del verano, irradiando su cara el resplandor acumulado de las tardes de sol, abrió la casa tragándose a continuación, una bofetada de olor a cerrado. Parece mentira que un par de semanas fuera, invadan los hogares de aromas de abandono. Pensó que esto debía de formar parte, junto con otro montón de sensaciones desagradables, de lo que llamamos la “cruda realidad”.

Paulino miraba sus bultos aún con las llaves en la mano, e imaginaba cómo en el montón de bolsas, armatostes y maletas se cruzaban apuestas: ¿cuál de ellos le dará peor rollo deshacer?, o ¿en qué momento Paulino terminará por guardar las adoradas camisetas que, durante el viaje de regreso, se han convertido en piltrafas desbocadas y poco presentables? Ya sabes, como la carroza de Cenicienta,  cuesta abajo todo a toda velocidad. La magia de volver…

Aquello fue el primer peldaño de una escalera que le daba vértigo y que parecía estar esperándole intacta. Se fue de vacaciones exhausto de apagar sólo y soplando las llamas del “Coloso en Crisis”. Sintiéndose abandonado de todos. Se recuerda no soportando a ese colectivo heterogéneo llamado “losdemás”,  tan culpables ellos de no tener razón y sin embargo no dársela.

Un montón de pensamientos de reproche y sufrimientos removidos desfilaron ante él prometiéndole que, al día siguiente de sus vacaciones y de vuelta, iba a volver a ser infeliz de la peor manera, a lo sordo, infelizunas veces sí y otras un poco menos, pero sin parar de serlo para que la insatisfacción no decaiga. Se sintió entonces como si toda su musculatura se hubiera ablandado y se hubiera desplomado sobre su propio esqueleto. Se mantuvo de pie a duras penas.

Entonces le vino el recuerdo de un cuento que escuchó a su madre cuando era pequeño:

 

El Arpa de Paulino:

Érase una vez un arpa regia en el cuarto de un príncipe tozudo y caprichoso. Fue un regalo de cumpleaños de su padre el rey, y estaba hecha de las mejores y más nobles maderas halladas en el reino; remataba la columna la esfinge de una joven de una extraordinaria belleza; los músicos de cámara del rey la admiraban como la joya que era. Pero el príncipe nunca la quiso. En la intimidad de su cuarto, la maltrataba. Con su mano infantil estrujaba las cuerdas, muchas al tiempo, y tiraba de ellas en todas direcciones como si de un arco de flechas se tratara. El arpa no emitía sonido alguno. – ¡Chirría maldita cosa!- afrentaba el príncipe día tras día.

Una noche que el príncipe despertó, escuchó el canto de una garganta prodigiosa acompañada de una bella y delicada música. Venía a sus oídos desde el rincón donde la maltrecha arpa descansaba de sus desmanes. Al acercarse, vio que era la joven de la columna quien había cobrado vida y cantaba cristalina, envuelta en los más limpios y bellos arpegios del instrumento.

El príncipe perplejo, le preguntó por esta magia y la joven le contestó:


-El arpa tiene la magia de reflejar el alma del dueño que la posee. Y como ella, será un instrumento único y maravilloso si la escuchas y la amas. Pero si la maltratas, no sacarás sonido alguno.


(Adoración Romero – 11 de Septiembre de 2013)