Cuento de Navidad.

 

 

 

 

Elena  escuchaba la misma retahíla de Navidades pasadas. La reconocía porque tenía un único pensamiento, como un mantra cansino: 

 

-“…Qué asco de fiestas”!!  Si pudiera cerrar  los ojos hoy y despertarme el 7 de Enero….-

 

Y se lo decía cuando se levantaba,  cuando adornaba la casa,  cuando compraba regalos,  cuando hacía la lista de la compra… Su única compañía era su propia voz como un martillo pilón recitando esta letanía, a todas horas, sin encontrar un amén final que le dejara libre y le permitiera disfrutar de las Fiestas.

 

Un buen día prenavideño cuando Elena salía del súper llena de bolsas que pasaba de mano a mano para que las asas no le hicieran saltar los dedos por los aires, miró su reflejo en la luna del escaparate. 

 

Se vió incluida en el decorado de navidad que había pegado en el cristal del  Super. Allí estaba  con cara de acelga entre el camello de Melchor y el paje de Gaspar, medio agachada apoyando las bolsas en el suelo sin soltarlas, con las llaves del coche colgando de la boca, con el móvil dando berridos en el bolsillo del abrigo, y el bolso deslizándose, hombro abajo, hasta caer a plomo encima de las bolsas como un engorro más. 

 

Se levantó con un golpe de ira y empezó a mascullar su “asco de fiestas…” con tan mala suerte que al mover la boca, escupió las llaves del coche, que fueron a colarse por la rejilla de una alcantarilla. No daba crédito. Miraba sus llaves brillar dentro del agujero oscuro nadando en agua sucia. Sus ojos se movían del escaparate al foso negro, de uno a otro sin saber que hacer.

 

Gritó a un encargado de rojo por tener alcantarillas por el suelo; al mozo por no ser un experto pescador de llaves; a la cajera por poner cara de pánfila; a la niña que pedía limosna en la puerta por estar por allí en medio importunando…

 

Y así se desahogó como pudo durante un buen rato. Y después volvió a ver su reflejo en el dichoso cristal. Quedó sin habla al verse como una hermosa mujer, alegre y sonriente en aquel escenario navideño del escaparate. Se le acercaban niños que la empujaban entre risas, le sonreían pastores y nevaba como en un cuento… Elena se vió guapa entre camellos y regalos pintados. 

 

Pensó que el mágico Espíritu de la Navidad se estaba cebando con ella y no quería que le siguiera haciendo trastadas. Elena tenía que cortar la racha como fuera pues conocía lo pesadísimo que se podía poner el duende navideño por una sonrisa.

 

Así que de su mente barrió los ascos y de su cara las sombras y se subió en un taxi con toda la compra colgando, a ver las luces de Madrid.

 

Adoración, 13 de Diciembre de 2014.

 

 

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